30 de octubre de 2017

28.- Banda sonora (6)


Me cansé de ser un salmón, pretendiendo siempre volar, saltar y enseguida caer...

Los Hermanos Cubero / "No quiero soñar nunca más"

[¿Toda narración ha de tener una banda sonora?]



14 de octubre de 2017

27.- Algunas presentaciones (1)






En la Feria del Libro de Granada, con Milena Rodríguez (26 de abril de 2017 / Imagen de José Tito); en la Librería Siltolá de Sevilla, con Juan Lamillar (1 de junio de 2017 / Imagen de Juan Ferreras);
y en la Fundación Caballero Bonald de Jerez de la Frontera (Cádiz), con José Pallarés
y Josefa Parra (28 de septiembre de 2017).




2 de octubre de 2017

26.- Los miras porque sabes que son como un espejo...

[Imagen callejera cedida por Belén Rojas]

[...]
con sus labios no saben sino decir palabras,
          sólo tienen su queja,
los miras porque sabes que son como un espejo,
          son como tú,
          y esperan,
          no saben lo que esperan,
          alguna solución, una salida,
          una buena noticia,
          la cita del análisis,
          lo que traiga la sangre,
          una cama más limpia,
          bajar la fiebre un poco,
          que se vayan las náuseas,
          no saber, no sentir,

no necesitan demasiado, se contentan con poco,
si quisieran podrían levantarse y volar,
si pudieran volar, ¡ah, si pudieran volar!,
          tal vez nunca lo harían.
[pág. 46]





29 de septiembre de 2017

31 de agosto de 2017

24.- Reseñas (3)

Nadie sabe la razón del que huye, Antonio Muñoz Palomares
(La Manzana Poética, números 45-46, abril-agosto 2017)


    A lo largo de la historia, el hombre ha manifestado muchas formas de querer escapar de la realidad en busca de otro mundo o de otra situación mejor; no importa que ese intento esté condenado al fracaso o no; lo realmente importante es la voluntad de huir, de escapar de la insatisfacción que puede suponer estar anclado en una existencia que no gusta; una tendencia fugitiva, en el fondo, de uno mismo, una huida de la frustración, del miedo, de la inseguridad, de la angustia del existir, que Sartre consideraba inútil puesto que no se huye de un peligro si antes no se tiene conciencia de esa peligrosidad, porque huir de la angustia no es más que un modo de tomar conciencia de esa angustia.
    Esto es, entre otros muchos aspectos, lo que encontramos en el último libro de Rosales (Si quisieras podrías levantarte y volar, Bartleby Editores, 2017): la fuga de un hombre sin nombre (¿sin pasado? ¿sin historia?) que escapa de su casa un día caluroso de agosto, un día vacío, en una ciudad sin apenas gente; nadie repara en él, nadie lo persigue; pero el individuo sale a la calle queriendo huir, se siente tan ligero que podría levantarse y volar, pero no lo hace, no lo quiere hacer, no hay sitio al que ir; el cansancio, la soledad y la apatía se lo impiden, aunque inicia un viaje errático, sin dirección, sin hablar con nadie (no abre la puerta, no atiende el teléfono) porque no quiere que “vean esta catástrofe” en la que se ha convertido. Necesita alejarse del mundo porque si se queda seguiría “tan cansado…tan ligero… tan solo”. “Estar cansado tiene plumas”, escribió Cernuda en un poema (“Estoy cansado”) para expresar la postración de ánimo, el cansancio vital, verso que inspira no sólo el primer poema del libro de Rosales, sino, incluso, diría yo, todo el libro.
    Una gasolinera (donde toma una chocolatina y un periódico), una estación de trenes sin uso (donde ha aparcado mal su coche y la policía lo ha decomisado), un bar, un consultorio médico, el depósito de la grúa… son paradas efímeras en ese huir sin huir. Se siente indolente, apático, confuso, falto de energía. Su cansancio y ligereza de ánimo le podrían hacer escapar, volar, pero no lo hace; un sentimiento vacuo de un regreso que nunca se produce porque nunca se ha ido: “miras lo que no eres: / el que se va y no vuelve, / el que regresa sin haberse ido”; “no puedes regresar si nunca te marchaste”. Es un inadaptado en constante búsqueda, en huida permanente; nada busca, pero, sin buscar nada, no puede abandonar esa búsqueda (“sabiendo que no puedes / abandonar la búsqueda, / procuras alejarte, / y te alejas, te alejas”), como si al alejarse ahuyentara su propia miseria; su huida se ha convertido en un deambular perezoso en una tarde de pleno verano, sin un sentido preciso. Es sintomática su bajada a los servicios de un bar en penumbra (una especie de inframundo moral, un sótano símbolo de un mundo en ruinas, descuidado, un descenso al infierno sin expectativas de paraíso) por unas escaleras que crujen como si estuvieran a punto de desplomarse. De nuevo en la calle no sabe dónde ir, no puede volver a ningún sitio ni siquiera a su casa porque se ha dejado las llaves en el coche que se ha llevado la grúa; entra en un ambulatorio para matar el tiempo y allí mira a los demás que son como él mismo, gente en espera de algo que calme su ansiedad; allí sólo contempla desconcierto, derrota, ruina, fracaso, confusión, representados en el cuadro La torre de Babel, de Brueghel, colgado de una de las paredes, metáfora de lo inacabado, de lo que está en constante construcción, emblema de la elaboración de un sueño que llevó a medirse con la misma idea de Dios como arquitecto supremo del universo, una construcción fallida pero al mismo tiempo poderosa y sublime. Ese cuadro lleva al sujeto a pensar en otro del mismo autor que también representa la muerte de un sueño, simbolizado esta vez en la caída de Ícaro (¡Qué referencia más oportuna! Nuestro protagonista es un Ícaro caído sin ni siquiera haber intentado levantar el vuelo. Auden y Carlos Williams, entre otros, escribieron sendos poemas sobre este cuadro de Brueghel). Otra vez fuera contempla un escaparate de muebles de oficina, vacía, sin gente, recuerdo de algo que fue; se funde en sus pensamientos infantiles y luego se dirige al depósito de la grúa, lugar de abandono, de pérdida. Tras un diálogo inútil con el encargado roba su propio coche y sale sin destino (“no sabes dónde ir, / quisieras disolverte, no estar, no ser”) y, mientras conduce, una emisora local habla de él como si fuera un forajido, un peligro, una amenaza para los demás porque ha robado su propio coche; lo llaman desertor, prófugo… Se introduce en el monte por un camino vecinal; aparca el vehículo y sigue caminando y piensa y da vueltas y más vueltas; “el tiempo se acabó, se acabaron los plazos”; si quisiera, podría levantarse y volar. Días más tarde, la policía encuentra el coche abandonado en medio del monte, con un faro roto y el parachoques abollado, y al individuo, huido, como evaporado del mundo: “nadie sabe la razón del que huye…” Alguien lee la noticia de su fuga en el mismo bar donde estuvo el huido. El empleado de la gasolinera lo recuerda como un hombre “desnutrido”, “raro”, que pesaba tan poco que el viento se lo podría haber llevado y estar volando por el cielo. Así lo recuerda o tal vez así lo imaginó.
    Es una constante en la poesía de Rosales la oposición conflictiva entre alteridad y estatismo, un pulso entre la huida y la ausencia de cambio. El ambiente del poemario es de cierta pesadez y gravedad; hasta la conciencia del sujeto poético lucha por salir de esa pesantez, de ese cansancio que lo invade, el cansancio de la soledad y del hastío, del aburrimiento, de la monotonía, de la inanidad del existir, de la desolación, del tiempo fugaz que deja su huella en el deterioro de las cosas, de la incertidumbre del porvenir. Es la huida perpetua, el “ir y quedarse y con quedar partirse”, que escribiera de forma tan tremenda Lope de Vega. No estamos ante un sujeto que, insatisfecho de su vida, salga en busca de aventuras, para convertirse en algo que aún no es, en querer ser lo que no se es. Esta es la actitud del héroe; pero el protagonista del libro está lejos de serlo (“sigues corriendo, pareces un villano, / malhechor, maleante, / nunca serás un héroe, / eres sólo un fantasma”), aunque hay algo en él que lo aproxima. Decía Ortega que ser libre quiere decir carecer de una identidad constitutiva, poder ser otro del que se era y no instalarse para siempre en un ser ya determinado, que lo único que hay de fijo y estable en un ser libre es precisamente la inestabilidad.
    Con este nuevo poemario, el autor instaura un nuevo ciclo poético, no tanto en sus contenidos cuanto en su forma; ahora el poema es claramente narrativo, más largo. En realidad, podríamos decir que el libro es un único poema, un poema extenso con veinticinco episodios poéticos bien tramados e historiados y con un protagonista, un sujeto ya conocido que surca toda la poesía de Rosales, el del inadaptado, el fugitivo, (“Sólo cuando te alejes tu orilla será tuya: / te quedarás sin nada si no te vas de aquí”, había escrito el poeta en su libro anterior), aunque, tal vez, ahora se nos hace más presencial, más corpóreo. El empleo de la segunda persona (tal vez el débito sea a Cernuda, entre otros, que tan persistentemente lo usó, sobre todo en su última etapa, como técnica de desdoblamiento), en un juego de voces con la primera y tercera, no sólo se convierte en un recurso retórico sino que es también una consecuencia de ese deseo reconocido por el autor de esconder al máximo el yo, una necesidad íntima que trae consigo también un efecto estético, nacido del distanciamiento. Y por el libro van apareciendo ecos de otros poetas (además de Cernuda, Vallejo, M. Hernández, Otero, Félix Grande…) y de otros registros culturales, algún episodio bíblico, recuerdos de canciones o escenas de cine.
    La métrica, por otro lado, se ha liberado del peso de la cantidad para fluir más ligera, aunque no arbitraria y libertina; el poema se ha quitado el yugo del encorsetamiento métrico de libros anteriores y fluye el verso libre de pie variable en una disposición visual flexible y diversa. Lo que no ha cambiado es su concepción de lo que debe ser el poema. Fiel a sí mismo, Rosales continúa con ese tipo de “poesía meditativa” (la expresión es de Unamuno) y reflexiva, una constante desde su inicio creador; así como el empeño tenaz por dotar la palabra poética de esa precisión necesaria para nombrar las cosas concretas, la fuerza que proyecta en el habla coloquial y la capacidad para elevar a trascendente lo simple y cotidiano. Libros así son muy bien venidos al panorama de la poesía para complacencia y goce del lector.

   














4 de julio de 2017

22.- Banda sonora (4)

El camino me abrigó los pies

Canción para uno / La Vela Puerca

[Del disco Érase...]

[¿Toda narración ha de tener una banda sonora?]



12 de junio de 2017

20.- Banda sonora (3)

Algo vuela mientras tú caminas

Flying Chairs / Alzheimer Blues

[¿Toda narración ha de tener una banda sonora?]


[Imágenes de Flying Chairs]


7 de junio de 2017

19.- Algunos borradores (y 3)





Gracias a la amable invitación de José Antonio Mesa Toré, algunas versiones de los primeros poemas de Si quisieras podrías levantarte y volar se publicaron en Dos movimientos (Málaga, 2009), cuaderno no venal de la colección El Castillo del Inglés, editada por el Centro Cultural del 27 de la Diputación de Málaga. Aquella publicación sirvió para que lo que por entonces era tan sólo el inicio de un nuevo proyecto poético (más o menos borroso) empezara a adquirir, a partir de ese momento, seguridad y verosimilitud. Sin la publicación de aquellos primeros borradores, este proyecto poético tal vez nunca hubiera llegado a su término.


(De Dos movimientos, 2009)

(De Si quisieras podrías levantarte y volar, 2017)





13 de mayo de 2017

18.- Banda sonora (2)


"Cuando cae la noche tengo alas..."

Antonio Lizana Group / Volar

[Toda narración ha de tener una banda sonora]



11 de mayo de 2017

17.- Algunos borradores (2)





     En el mes de enero de 2015 recibí una amable invitación de Antonio Rivero Taravillo para que colaborara con algunos de mis poemas en la revista sevillana Estación Poesía, que con tanto acierto dirige desde el año 2014. En aquellas fechas, la última versión de Si quisieras podrías levantarte y volar estaba bastante avanzada; y pensé que sería una buena ocasión para airear algunos de los poemas de un libro en el que llevaba trabajando desde mediados del año 2008. Le envié dos o tres piezas a Rivero Taravillo y éste escogió la que aparece, en el número cinco de la revista (Sevilla, otoño de 2015, páginas 31-32), con el título de "El sótano".
        Sin embargo, durante el misterioso tránsito digital de aquellas piezas, sus cursivas y sangrados se perdieron, circunstancia que no impidió que algunos amigos detuvieran su generosa atención en aquellos versos y me hicieran llegar valiosas observaciones siempre útiles y aprovechables. Más tarde, con ligeras correcciones, esta secuencia quedó finalmente incluida en la edición definitiva de Si quisieras podrías levantarte y volar (Madrid, 2017, páginas 33-35), donde aparece titulada como "XII (El sótano)".







1 de mayo de 2017

16.- Simca Aronde (1)





[...]
dicen que huyó, tendría motivos, nadie sabe
            la razón del que huye,
apareció su coche abandonado,
            un Simca Aronde,
            un faro roto,
coche negro anacrónico, destartalado coche negro,

y el parachoques abollado 
            hundiéndose en el musgo,
testimonios de musgo, barro tosco,
            en una de sus puertas
se ven rasguños de pintura roja,
[...]

(págs. 63-64)


[Ver Procedencia]





27 de abril de 2017

15.- Reseñas (2)

Si quisieras podrías levantarte y volar, Álvaro Salvador
(Granada Hoy, 26 de abril de 2017)

     Este último libro de José Carlos Rosales marca, sin duda, una inflexión en su trayectoria poética. Elaborado a lo largo de casi diez años, Si quisieras podrías levantarte y volar es un libro que une al tono meditativo y reflexivo característico del autor, otros rasgos extraídos de la más rabiosa actualidad. En principio, el libro, dividido en veinticinco secciones de aproximadamente cuarenta versos cada una, compone un único poema con una clara vocación narrativa. La historia que esos poemas desarrollan es, sin duda, una historia on the road, la historia de una huida por carretera. El personaje central, desorientado, confuso y arrastrado por las circunstancias de la vida contemporánea, me recuerda mucho a los "energúmenos" de Nicanor Parra, que se esfuerzan por expresar en sus intensidades el sinsentido de la vida urbana y acelerada del mundo de hoy. No es de extrañar que la experiencia reciente del autor con los modos de vida estadounidenses haya reforzado el tono y la imaginería del poema. Porque entre sus versos, el lector se sueña en los interminables free-ways de las llanuras norteamericanas, en las inmensas y amenazantes gasolineras, en los bares de carretera, sombríos y atractivos como un pecado solitario.
    Además, con esa vocación narrativa que el poema tiene, construye el argumento con la tensión estructural de los relatos de serie negra: un teléfono que suena, un timbre de la puerta, unas cartas que ni se se escriben ni se envían, un coche que se lleva la grúa y el protagonista roba más tarde, una huida en la que "nadie sabe / la razón del que huye". A través de estos recursos característicos de la mejor narración de misterio, el poema, a pesar de su extensión superior al millar de versos, va manteniendo su tensión y nos hace buscar el final con una inquietud no exenta de morbosidad. El título del libro funciona a lo largo del poema como leimotiv que nos ancla continuamente en la frustración del protagonista; y una serie de versos brillantemente conseguidos van marcando el tiempo del poema: "el teléfono suena: / que suene como suena / la lluvia cuando llueve [...] / todos los sitios pasan y pasan a tu lado […] / un responsable acecha [...] / la ciudad está vacía y nadie te persigue […] / has dejado en tu casa la catástrofe, / todo que fue tuyo y resultó ser nada [...] / ya no puedes cambiarte de país o de barrio [...] / un llavero de plata en un asiento oscuro [...]"
    En definitiva, un libro brillante, uno de los mejores libros de poemas que he leído en los últimos meses y que nos demuestra que para expresar el drama que agarrota al hombre contemporáneo, transformándolo en una especie de zombi sin sentido, no hace falta juventud ni extravagancia, sino más bien sabiduría, experiencia de la vida e indiscutible talento poético.




26 de abril de 2017

14.- Banda sonora (1)


"Well I dreamed there was an island
That rose up from the sea."

Laurie Anderson / Language Is A Virus

[Toda narración ha de tener una banda sonora]


24 de abril de 2017

13.- Reseñas (1)

Verdadera tristeza, Juan Carlos Sierra

      José Carlos Rosales (Granada, 1952), poeta de una dilatada y sólida trayectoria, acaba de colocar en los anaqueles de las librerías un poemario realmente sorprendente titulado Si quisieras podrías levantarte y volar. Lo extraordinario de esta obra se explica no tanto porque se trate de un solo poema dividido en veinticinco escenas, porque en un noventa por ciento se enuncie desde la segunda persona o porque predomine lo narrativo, sino porque, desde mi perspectiva como lector, cumple con el cometido más importante de la poesía –y de la literatura en general–: estamos ante un libro profundamente conmovedor, un poemario de los que te agarran por las solapas y te estremecen, una obra de una tristeza desgarradora y desoladora de la que el lector, por poco sensible que se muestre, no va a salir inmune. La poesía no es un confesionario, eso deberíamos saberlo; ni siquiera el hombro de la amistad al que el autor confía sus miserias o sus decepciones. La poesía es el lugar de la emoción del lector. Si un poema contagia ese estremecimiento, habrá cumplido su función; si no, el poeta tendrá que hacérselo mirar. Y creo que José Carlos Rosales ha conseguido con Si quisieras podrías levantarte y volar un libro redondo, una obra emocionante y turbadora a partes iguales.
    Independientemente del origen de la peripecia narrada en este poema unitario –biográfica o no, experimentada o no,…–, la estrategia elegida por el poeta granadino para plasmarla contribuye eficientemente a esa identificación necesaria y emocional del lector con los versos de Si quisieras podrías levantarte y volar. La utilización de la segunda persona, el desdoblamiento que esta favorece respecto al yo del personaje poético que protagoniza el libro, su predominio en la narración lírica, juega un papel decisivo en la construcción del sentido de la obra y del estremecimiento que transmite.
       La distancia que proporciona esa segunda persona le proporciona paradójicamente más verdad a lo narrado. Esa sensación de realidad se acentúa no tanto cuando el “tú” se ve sorprendido por la primera persona, que aparece salpicando la historia y subrayando el protagonismo y la visión de ese “tú”, sino cuando en la escena XXII (“La emisora local”) y en las dos últimas la voz se traslada a la tercera. La verdad, al contrario de lo que pueda pensarse –parece decir el poeta–, no se encuentra en la supuesta objetividad de la tercera persona, porque esta solo apreciará, con suerte, fragmentos de la realidad tamizados además por sus prejuicios, por su limitada capacidad de interpretación o por simple pereza; en definitiva, por todas esas circunstancias que cada uno añade a lo narrado y que necesariamente dejan espacios en blanco. La verdad tampoco posee buena prensa dentro de la exclusividad del “yo” que se confiesa, como ya apuntamos antes. De modo que la voz elegida se erige en todo un acierto para alcanzar al lector en su emotividad porque en lo que lee comprueba que existe autenticidad.
      Otra fuente de identificación que contribuye a conseguir esta agitación emocional es el paisaje urbano en el que se desarrolla el poemario, fácilmente reconocible para el lector. Es la ciudad y su entorno, pero en sus localizaciones más desconchadas: la autopista y su hermana pequeña la autovía, una estación de tren repleta de vagones en vía muerta, un ambulatorio, un depósito municipal de coches, las calles vacías y los escaparates huérfanos de las tardes de agosto, un bar con poca clientela y un sótano sórdido,… y sobre todo el símbolo de la modernidad, el más popular pero el más privado, el más propicio a esconderse una vez desechada la idea de refugiarse en la casa propia, el automóvil. Pero no un coche ultramoderno con wifi, sistema de frenado y aparcamiento automático, sino el viejo Simca Aronde sesentero del padre: un símbolo dentro del símbolo, una nueva muesca en el proceso de identificación en la tristeza y la desolación.
     Por otra parte, las impresiones del viaje que plantea este poemario conducen de lo urbano a lo contemporáneo, es decir, aquí y allá van surgiendo, según avanza el Simca Aronde del personaje poético, todas las inquietudes de tono más o menos existencial propias de la modernidad o, más bien, de la posmodernidad –sea eso lo que sea–: en el intento de no pisar las líneas de las baldosas existe una zozobra, en las prohibiciones de la infancia se hallan algunas de nuestras cobardías para levantarnos y volar, en la sala de espera del ambulatorio el tiempo se nos esfuma, la grúa municipal funciona como sinónimo de lo que se va sin remedio, las cosas que miras se parecen a ti y viceversa, la chocolatina y el periódico que has comprado en la gasolinera hablan claramente del sentido fungible de la existencia,… 
     Y así va construyendo José Carlos Rosales su poemario, en un camino sin retorno, en una línea ascendente, pero no para levantarse y volar, como sugiere el título, sino más bien para certificar su imposibilidad. La línea narrativa resulta tan nítida y tan limpia que, a pesar de lo fragmentario de las diferentes escenas, el lector no encontrará dificultad alguna para seguir la historia. Esa misma limpieza y pulcritud es la que se utiliza en la composición versal, con un ritmo que se acompasa de forma natural al material objeto de la narración y que se ajusta a un ritmo mental con asociaciones aparentemente ilógicas, pero verosímiles –una suerte de ‘stream of consciousness’–. Una naturalidad difícil de conseguir, muy trabajada sin duda a base de contención y de oficio con los versos. 
     Con todo lo dicho en esta reseña y con todo lo que queda por descubrir al lector que se anime con Si quieres podrías levantarte y volar, José Carlos Rosales ha compuesto una obra realmente emocionante, llena de tristeza y de verdad, o de verdadera tristeza.




19 de abril de 2017

12.- Dos posibilidades...

Siempre hay, al menos, dos posibilidades.



                                                                                   
Pero las dos incluyen
 levantarse y volar...





18 de abril de 2017

11.- Antecedentes (1)


        Nada brota de la nada y las páginas de Si quisieras podrías levantarte y volar tampoco surgieron del vacío: vienen precedidas de algunos de mis libros, en cuyas páginas ya se insinuaron preocupaciones o tramas semejantes. Pienso ahora en un poema de El precio de los días (1991) y en otro de Y el aire de los mapas (2014). Y todo ello acompañado de viejas melodías, de antiguas obsesiones.   





                             



     

6 de abril de 2017

10.- Algunos borradores (1)










     Gracias a la amigable hospitalidad de los poetas (y amigos) José Luis Aznarte y Luis Melgarejo, el 1 de julio de 2010 fui invitado al ciclo de "Poesía que quise escribir"; un ciclo que, desde hace más o menos una década, se desarrolla en La Casa con Libros, en La Zubia (Granada).
       Con motivo de aquella lectura de poemas (propios y ajenos), se publicó una tarjeta o cartulina con uno de los borradores del libro Si quisieras podrías levantarte y volar (Madrid, Bartleby, 2017); un libro que por aquellas fechas era sólo una hipótesis de libro, un proyecto que, como en tantas otras ocasiones, avanzaba con intermitencias, retrocesos y dudas. El tiempo ha ido discurriendo y aquel borrador finalmente quedó incorporado, con escasas correcciones, a la edición definitiva del libro (pág. 29). Otras veces no ocurre de ese modo: el borrador se pierde o se elimina; o el proyecto deja de ser un proyecto, se muere o acaba arrinconado. Tal vez por eso, ahora, esta cartulina de “La Casa con Libros” me trae buenas vibraciones, palabras amables y el recuerdo feliz de una velada de verano en La Zubia, en La Casa con Libros, un lugar al que siempre se vuelve.


4 de abril de 2017

9.- Un acto de soberbia...

Imagen en movimiento de Rino Stefano Tagliafierro
sobre un lienzo de William-Adolphe Bouguereau (1825-1905)
[Ver procedencia]



                        [...]
                              subir y fracasar,
                    un acto de soberbia, alejarse del mundo,
                    situarse por encima de las cosas del mundo,
                    mirar por la ventana las hormigas del mundo,
                    escuchar con desdén los gemidos del mundo,
                              mirar para otro lado
                    y observar desde arriba sin subir más arriba,
                    [...]




L'Amour et Psyché, de William Bouguereau